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No enumeramos la multitud de edificios religiosos con que cuenta Zaragoza. Los más otra, tan famosa en España y hasta en todo el orbe católico, es Nuestra Señora del Pilar, a la que el cardenal de Retz dedicó algunas páginas en sus memorias. Es una iglesia amplia, sombría y recargada con ornamentos de mal gusto, aunque está reconstruida a fines del exvotos y soberbias columnas de mármol, de orden corintio, digno de homenaje de la devoción aragonesa a la piadosa tradición según la cual la Virgen María se apareció al apóstol Santiago para anunciarle que su imagen había de ser venerada en un templo situado a la orilla del río.

Las bóvedas de la parte reconstruida de esta iglesia han sido recientemente pintadas al fresco por los dos hermanos Bayeu y por don Francisco de Goya, naturales de Zaragoza. Digna de atención es también la nueva Casa de la Misericordia, que se acabó de construir en 1792, junto a la antigua y que hace honor a la inteligencia y al patriotismo de don Ramón Pignatelli. Los jóvenes de ambos sexos que se hallan sin trabajo y sin recursos encuentran allí subsistencia y ocupación. Devanan la seda; hilan; cardan la lana, que, aunque de segunda calidad, es una de las producciones valiosas del país, y hacen algunas telas de lana, de camelote y hasta de seda. De las setecientas personas que alberga este edificio, más de la mitad trabajan para los productores de la ciudad, pues su sabio fundador considera que sin esta condición esas fábricas
de las funciones piadosas más bien perjudican que benefician a la industria. También hay algunas fábricas de paños que proveen de indumentaria a varios regimientos.

Posee Zaragoza una Academia de bellas de artes, una universidad insignificante y una Sociedad patriótica digna de elogio por el aliento que infunde a todas las ramas de la industria y, sobre todo a los nuevos cultivos. Ha establecido también escuelas de matemáticas y de comercio. Uno de sus miembros, don Martín Goyecochea, proveyó por cuenta propia a la instalación de una Escuela de dibujo. En una palabra, Zaragoza despierta francamente de su letargo y se hace digna de ser la capital del hermoso reino de Aragón.

Este reino estaba antiguamente mucho más poblado que ahora. Gran número de sus villas y aldeas han desaparecido. Su población ha quedado reducida a 614.060 habitantes, 42.600 de los cuales pertenecen a Zaragoza. Aragón figuró honrosamente en la historia de los gobiernos libres, aunque la dignidad real era hereditaria, el título de cada nuevo rey tenía que ser refrendado por las Cortes y ninguno podía reinar sin haber jurado mantener sus privilegios. Para contrarrestar la autoridad del soberano existía un magistrado llamado Justicia Mayor que sólo tenía que rendir cuentas de su gestión ante las Cortes. En la ceremonia de reconocimiento del nuevo rey, ese magistrado supremo permanecía sentado y cubierto. El rey se le acercaba, con la cabeza descubierta, y juraba de rodillas gobernar con arreglo a la ley. Entonces era cuando, en nombre de todos, se hacía la proclamación, tantas veces citada últimamente:

«Nos, que valemos tanto como vos, os hacemos nuestro rey y señor con tal que guardéis nuestros fueros y libertades;
SI NO, NO».

La admiración que inspira al principio el recuerdo de esta imponente ceremonia disminuye un tanto cuando nos enteramos de que rey no se humillaba de este modo ante el pueblo, sino ante una asamblea de ricos hombres que debían sus bienes a la fuerza de las armas. Al principio sólo se admitía a doce de las familias antiguas. Poco a poco aumentó este número, y se dividieron en grande y pequeña nobleza. En las Cortes, el clero estaba representado por los prelados y las ciudades importantes por diputados. Pero los campesinos, artesanos y mercaderes no tenían derechos de ciudadanía, por lo cual era incompleta la representación del tercer estado. Esta informe asamblea de tres clases legislaba para toda la nación. El Justicia Mayor era la única barrera que se oponía tan pronto a los abusos de las Cortes de Aragón como a los del rey; pero a la larga los prelados se convirtieron en decididos auxiliares del monarca; los diputados de las ciudades se dejaron sobornar a menudo, y el rey, aumentando progresivamente el número de sus partidarios en ambas clases, dominó a la nobleza y se convirtió en lo que es hoy: un monarca absoluto. Sin embargo, durante algún tiempo existió aún una sombra de las Cortes de Aragón. En 1702 Felipe V, en un momento de apuro, las convocó, así como a las de Cataluña, que no se habían reunido desde dos siglos antes. En ausencia del monarca, la joven reina presidió las de Aragón, a las que encontró reacias a satisfacer sus peticiones. Trabajo le costó obtener un crédito de cien mil escudos.

Los éxitos de Felipe V hicieron perder a estas dos regiones los méritos pasajeros que a sus ojos pudieran tener. Por haberle opuesto resistencia, se las trató como a regiones con quistadas y sólo quedaron de sus cortes los débiles reflejos de que hablamos en otra parte. Sin embargo, aún hoy la Corte de Madrid no acaba de desechar el recelo que le inspiran Aragón y Cataluña, pobladas por habitantes suspicaces y difíciles de someter al yugo del despotismo. Aún hoy se considera como afectas al «partido aragonés»», es decir, al parido de los descontentos, a las personas en quienes se supone tibieza en su adhesión a los Borbones. A este recelo saludable deben estos dos pueblos consideraciones que no tienen relación alguna con una constitución que sólo es ya un recuerdo.

Además de Zaragoza, constituyen el reino de Aragón otras ciudades dignas de ser nombradas. Huesca, a doce leguas de Zaragoza, está enclavada en un territorio famoso por su fertilidad. Tarazona, a trece leguas largas de Zaragoza, en medio de una comarca bien cultivada y con buen riego. Teruel, situado entre Zaragoza y Valencia. Su nombre nos recuerda la aventura de dos amantes que ha servido de tema a uno de los más conmovedores dramas españoles y cuyos restos mortales se conservan con respeto casi religioso en una de las iglesias de la ciudad.

El río Turia, antes de llegar a Teruel pasa por Albarracín y atraviesa y fertiliza una hermosa y extensa llanura. Daroca, en una de las dos carreteras de Madrid a Zaragoza, es también digna de men ción. Situada al pie de las montañas, a orillas del Jiloca, está expuesta a frecuentes inundaciones, para impedir lo cual se ha excavado un cauce de 780 varas de extensión que deja paso a las aguas amenazadoras. Sus riberas, de notable fecundidad para toda clase de frutas, producen además en abundancia un cáñamo de excelente calidad.

La principal riqueza de Aragón consiste en el aceite, alimenticio y de buen paladar. Hay varios molinos de aceite en la misma Zaragoza. Uno de los más notables es el de un excelente patriota, don Martín Goyecochea. Los propietarios de olivares que no tienen molino, llevan su aceituna a este señor, que ha reunido en su propia casa todo lo que puede ser necesario a los campesinos que solicitan los servicios de su molino. Dicho establecimiento demuestra lo que puede hacer un hombre solo cuando le anima un buen deseo. He advertido con agrado que los veinte o veintidós obreros empleados en este molino eran franceses que llegaban todos los años hacia el mes de diciembre procedentes de nuestras provincias meridionales. Hay otros molinos en que los obreros son españoles.

Cerca del monte Torrero, próximo a la ciudad que ha sido recientemente allanado y plantado de viñas y olivos, hay uno para la aceituna que producen los terrenos pertenecientes al canal de Aragón y la que pagan como tributo los propietarios cuyas heredades riega éste.