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Daremos algunos detalles acerca de este canal, principal objeto de mi viaje a Aragón. Pasa a media legua de Zaragoza, por la falda del monte Torrero. Allí tiene sus almacenes, en que se se deposita el grano, el maderamen para la construcción, los herrajes y otros materiales. Zaragoza. Media legua hacia arriba hay otras cuatro que reciben las aguas del canal al salir de un gran ensanchamiento, en que se embarca la gente para remontarlo hasta su origen.

Dirigiéndome a don Ramón Pignatelli, verdadero creador de este canal, una de las obras maestras de la ingeniería española, obtuve facilidades para hacer cómoda y fructuosamente esa pequeña travesía. Salí a las ocho de la mañana, en una barca grande, bajo los auspicios de don Juan Payas, director del canal. A mediodía nos detuvimos en el lugar más notable, es decir, donde las aguas del canal se deslizan encajonadas entre piedras de sillería durante 710 toesas y por encima del Jalón, que sigue su curso bajo esta extensa obra. Ésta es la parte más costosa del canal, pues el gasto se evalúa en cerca de trece millones de reales. Fuimos a dormir a la Canaleta, otro punto digno de atención. El antiguo canal de riego del Jalón, que viene de poniente, se abre camino bajo un puente de piedra que cruza el canal nuevo, y, después de haberlo cruzado de esta manera, se dirige hacia oriente, hacia Lucena.

Al día siguiente admiramos las obras de Gallur, aldea situada sobre un cerro árido, a orillas del Ebro, que en este lugar se acerca mucho al canal. Lo desigual y escarpado del terreno que debía recorrer ha exigido obras sólidas y muy dispendiosas. Un poco más abajo fluye el canal encajonado por obra de albañilería entre cerros muy elevados. Durante el reinado de Carlos V, primer autor del canal de Aragón, esta parte era subterránea. No se ha hecho, pues, más que sacarla al exterior.

A media legua, pasado Gallur, se divisa el Ebro, y en lontananza, más allá de su ribera izquierda, el pueblo de Tauste, que da su nombre a un canal completamente moderno. El que nosotros recorremos, y que es propiamente el canal imperial, fue comenzado por Carlos V, a quien su inquieta ambición desvió del camino emprendido, obligándole a suspender los trabajos, y ya no se habló más de ello hasta 1770, desde cuya época hizo lentos progresos y quizá no hubiese hecho ninguno sin la tenacidad de don Ramón Pignatelli. Al acercarse a El Bocal, es decir, al lugar en que principia el canal, una islita lo divide en dos. A la derecha queda el antiguo canal de Carlos V; a la izquierda, el que ha sido construido en nuestros días. Poco después se pasa bajo el puente de Formigales, cerca del cual este último canal se ensancha y presenta una superficie hermosa, a modo de estanque. Bajo el puente, de un solo arco, se encuentra la primera almenara de desagüe.

El canal contará con cinco puentes entre Gallur y El Bocal. Construidos primero de madera, van siendo sucesivamente sustituidos por otros de ladrillo. A dos leguas de El Bocal, tras haber pasado el viejo castillo de Malleu, se entra en el reino de Navarra. Desde allí el canal domina una vasta llanura plantada de legumbres y maíz.

Más abajo de Formigales está el puente de Valverde, que, por este lado, sirve de límite al reino de Aragón. Finalmente se llega a El Bocal, un cuarto de legua más lejos que Formigales. Allí el Ebro, contenido por una presa de 118 toesas de longitud por 17 de anchura, penetra en el canal por once bocas que nunca dejan pasar el agua todas a la vez y sobre las cuales se ha construido el nuevo palacio. Desde uno de los lados de este edificio se tiene enfrente la hermosa superficie acuática que forma la presa, y a la derecha la cascada.

Hay en el primer piso, para el encargado del establecimiento, una vivienda que no se terminó hasta 1787. Los edificios antiguos son almacenes de madera, planchas, herrajes, etcétera. La espaciosa posada, cuya limpieza hace honor al matrimonio tolosano que la regenta, la capilla y el castillo antiguo están un cuarto de legua más lejos, cerca del Puente de Formigales.

Después de recorrer el canal detalladamente y ver cómo todo ha sido previsto y lo bien concebido y ejecutado que está; después de pensar en varios otros monumentos y establecimientos de la España moderna, hay que desechar por fuerza la prevención contra sus habitantes que tiene aún una parte de Europa; se ha de reconocer que si realizan sus empresas tardía y lentamente no falta en ellas inteligencia, solidez e incluso magnificencia.

El canal de Aragón parece reunir todas estas cualidades; su utilidad quedó demostrada hace ya más de doce años. En el mes de agosto de 1792 probablemente producía dos millones de reales, más de la mitad destinados a los sueldos de los empleados y el resto a continuación de los trabajos. Estas rentas provenían de una franja de terreno a cada uno de sus lados y de la contribución en especie que pagan todas las haciendas que riega. Las que esta ban ya cultivadas pagan un quinto de su cosecha; las tierras recién roturadas, un sexto; los viñedos, olivares y huertas, un octavo o un noveno. En 1792 el canal regaba unas cien mil yugadas, y en pocos años heredades que se vendían de cien a ciento cincuenta reales la yuga da alcanzaron un valor de cuatro a cinco mil.

¿Hay mejor elogio para los canales en general y el de Aragón en particular? Sabido esto, ¿puede suponerse que faltasen fondos para su construcción? Pues en 1793 aún no estaba terminado. Llegaba hasta la Cartuja Baja, algo más de una legua pasado Zaragoza. Me entero con pesar de que desde entonces no ha progresado nada, que han faltado fondos para la continuación de los trabajos y que incluso no se impide el natural deterioro de lo ya construido. Son las consecuencias de la última guerra y, sobre todo, de la intriga envidiosa.

Nada resultaría tan útil a España como este canal. De mucho tiempo atrás el curso del Ebro había sido insuficiente como medio de comunicación y de salida al mar de las tres regiones que atraviesa: Navarra, Aragón y Cataluña. El canal, que suplirá este defecto, tendrá en conjunto veintiséis leguas de cauce desde Tudela hasta Sástago, donde el Ebro sería ya avegable mediante ligeras obras hasta Tortosa. A lo largo de ese río hay otro canal, que tiene once leguas de curso y estaba ya terminado antes del reinado de Carlos V: el de Tauste. Como sólo se destinaba al riego, estaba descuidado y era, por tanto, de escasa utilidad. Los directores del nuevo se encargaron de restablecer el antiguo, pero mientras esperan que la nueva presa pueda abastecer de agua a ambos canales a la vez, han dejado subsistir la que hay media legua más arriba.

El mismo Ebro no es del todo inútil para las regiones que recorre. Pero no es navegable más que desde Zaragoza al mar, y eso únicamente durante cuatro o cinco meses a año; y en nada contribuye al riego. Por el contrario, el nuevo canal cumple simultáneamente estos dos cometidos. Su profundidad menor es de nueve pies y las mayores barcas que lo surcan cargan hasta 2.700 quintales.