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El camino de Madrid a Aranjuez es uno de los más hermosos y mejor conservados de Europa. Encontramos primero el puente de Toledo, ancho, largo, macizo, con numerosos adornos de  mal gusto en los pretiles. Pero cuando las aguas del Manzanares están muy un puentecillo, el canal que debía unir este río con el Tajo. Este canal, que se proyectó fondos empleados, pues aquí lo corriente suele ser que apenas esbozada una de estas Un poco más lejos vadeamos el Manzanares, tras lo cual volvemos a encontrar la hermosa carretera de Aranjuez, desde la que se divisan algunos olivares. Al cabo de seis leguas de camino llano y recto, descendemos al encantador valle de Aranjuez, no sin cruzar sobre un hermoso puente de piedra, el río Jarama, que discurre a lo largo de los montículos que de Castilla desaparecen. Hemos cambiado de suelo y de clima; avanzamos a la sombra de frondosos árboles, arrullados por las cascadas y el murmullo de los arroyuelos. Los prados se esmaltan de flores, los parterres hacen gala de los más vivos y variados matices. La más floreciente vegetación ostenta por todas partes lozanía y riqueza. Se presiente la proximidad de un río que fecunda y vivifica el paisaje. El Tajo, que entra en el valle por Levante, serpentea por él durante cerca de dos leguas y va a unirse con el Jarama, después de reflejar los más hermosos cultivos.

Los embellecimientos de Aranjuez son modernos. El primer monarca español que fijó allí su residencia durante algún tiempo fue Carlos V, que empezó a construir el palacio que hoy habitan sus sucesores. Fernando VI y Carlos III le añadieron un ala a cada uno. Con esta nueva forma resulta más bien una lindísima casa de campo que una mansión regia. El Tajo corre perpendicularmente a su fachada oriental, bordea su parterre y forma casi bajo sus mismas ventanas una cascada, de la que sale un pequeño brazo del río tan próximo a los muros del palacio que permite al rey disfrutar desde su terraza los placeres de la pesca. Este brazo vuelve luego a reunirse al caudal del río, formando así una isla deliciosa, amplio jardín de forma irregular en el que en todo tiempo se encuentra frescor y sombra. Penetrando profundamente en el laberinto de sus paseos se goza el lujo y la calma de la naturaleza, como si se estuviera lejos de unas cortes, entre rústica soledad. Copudos árboles, altas murallas de verdor y algunas fuentes adornadas con sencillez constituyen todo el ornato del jardín de la isla. Con más magnificencia gustaría menos.

Trabajo les costaría a Carlos V y Felipe II reconocer Aranjuez que, bajo la dinastía borbónica se ha convertido en una de las más gratas residencias reales de Europa. Sus principales paseos, sobre todo el llamado calle de la Reina, existían ya mucho antes de los últimos reinados. La altura de sus árboles, sus troncos enormes, su espeso follaje, atestiguan su antigüedad y la bondad del suelo que los sustenta. Pero ya no son el único adorno del valle.

En tiempo de Fernando VI, esta residencia limitábase casi al castillo. En varias casuchas diseminadas por un terreno escabroso, a poca distancia de la regia morada, se aposentaba al personal de la corte y los embajadores. Ya las sustituyen casas uniformes, construidas con elegante sencillez. Dos filas de árboles, cuyos pies riega un servicio de agua corriente, dan sombra a las calles principales. Todas las calles están trazadas a cordel y son anchas, quizá demasiado para la poca altura de los edificios y lo caluroso del clima. El plano que sirvió para la construcción del nuevo pueblo de Aranjuez es obra de Grimaldi, que antes de ser embajador en Francia y pasar de allí al ministerio, había desempeñado una misión diplomática en La Haya, de donde trajo la idea de construir una villa holandesa en el centro de Castilla.

El pueblo está separado del palacio por una plaza grande, pero irregular, adornada con una fuente. Carlos III hizo construir un pórtico, casi completamente cubierto, que arranca del extremo de una de las calles principales del pueblo, forma una parte del recinto de esta plaza y va a unirse a las dependencias del palacio.

No acabaríamos nunca si nos propusiésemos describir todas las bellezas de Aranjuez nos limitaremos a dar una idea de las principales. Viniendo de Madrid, se atraviesa una plaza' redonda, llamada Las Doce Calles, en la que desembocan una docena de paseos, uno de los cuales conduce a la entrada de Las Huertas, vasto vergel en que se puede admirar toda la fecundidad del suelo de Aranjuez. Si se desea ver cultivos más extensos y no menos florecientes, se toma el camino de Toledo y se atraviesa el Campo Flamenco, llamado así, indudablemente, porque recuerda las bellas formas de Flandes. Y, sobre todo, no hay que dejar sin  ver el Cortijo, otro vallado, cuyo suelo, cultivado con esmero, colma con creces los deseos del agricultor y los del rey, que ha hecho plantar en él cepas de varios lugares de su reino.

Finalmente, la «Huerta de Valencia» ofrece ensayos de cultivos coronados por el éxito y una imagen de la agricultura de Valencia. Además de campos de lino de praderas artificiales y de viñedos, se encuentran allí moreras y una construcción destinada a la industria del gusano de seda. Pero lo más notable y conocido de Aranjuez es la calle de la Reina, que forma, por decirlo así, la espina dorsal de su constitución. Va de levante a poniente por espacio de media legua y termina en un puente de piedra que atraviesa el Tajo. Su prolongación, no menos extensa, termina en otro puente sobre el mismo río, cuyas revueltas sólo podemos imaginar, ya que los setos, árboles y frondas que recubren el valle ocultan su curso a intervalos. Detrás de una de estas espesas cortinas se oculta una cascada que se oye alo lejos, cuyo estrépito es el único ruido que altera la calma de aquellos lugares solitarios. La cascada tiene por objeto tomar una parte de las aguas del Tajo. El brazo de este río, así desviado de su cauce natural, fluye encajonado en profundo foso y va a regar algunos de los cultivos de Aranjuez y proveer de más cerca las necesidades de sus habitantes. Pero la frondosa vegetación se interrumpe
de repente y sólo tenemos ante nosotros las colinas peladas que forman el recinto del valle y que se han ocultado cuidadosamente a la vista para impedir que el marco desluciera el efecto que produce el cuadro. Al pie de las colinas está la yeguada del rey de España, en que la raza de caballos españoles conserva su antigua belleza. El verso de Virgilio «V
ento gravidas ex prole putaris» le sirve de lema y parece haber sido hecho para ella.

El rey concede mucha importancia a la prosperidad de la yeguada de Aranjuez; las dificultades que ocasionaron la guerra suspendieron las atenciones de esos establecimientos. Pero acaba de crearse (en 1796) un consejo exclusivamente encargado de la tarea con el título de Junta Suprema de Equitación. La yeguada de Aranjuez cuenta en este momento unas cuatrocientas yeguas y una veintena de sementales: a los que se deben añadir ciento cincuenta yeguas y dieciocho garañones, propiedad del príncipe de la Paz, que siente especial predilección por los caballos. También hay en Aranjuez una cría de mulos, pues no se prescinde por completo de tan útiles animales, nacidos allí de trescientas hermosas yeguas, que ocho asnos sementales cubren.

Dejando la yeguada a la izquierda, se entra de nuevo en las grandes avenidas que van a dar a la calle de la Reina. Los árboles a que nos referimos anteriormente no son el único ornato de esta avenida. Bordean su derecha los sotos, donde durante el reinado de Carlos III, brincaban y pacían en completa seguridad las numerosas manadas de gamos a que su sucesor ha declarado la guerra. Pero lo que más contribuye al ornato de la calle de la Reina es el jardín de la Primavera. Este jardín ocupaba en tiempos de Carlos III una extensión de mil pasos a lo largo de uno de los lados de la calle de la Reina. Carlos IV lo ha prolongado a lo largo de esta avenida hasta la orilla del Tajo.

Nada más delicioso que este jardín durante la estación cuyo nombre lleva. Allí brilla en todo su esplendor la fecundidad del valle. Los cultivos utilitarios no son tampoco descuidados. Todas las frutas, todas las flores, todas las legumbres se producen con facilidad. Las arboledas protegen con su sombra acogedora contra el ardor de mediodía. Setos de arbustos olorosos perfuman el aire de la mañana y los embalsamados vapores que exhalan vuelven a sentirse a la puesta del sol para dar mayor encanto a los paseos del anochecer. Hace doce años, todo el terreno que se encuentra entre el recinto del jardín de la Primavera y las orillas del Tajo estaba aún inculto, cubierto de plantas parásitas. El rey actual, cuando aún era príncipe de Asturias, se encargó de convertirlo en una de las zonas más agradables del valle. El césped, las arboledas, los bosquecillos, han suplantado a los árboles inútiles y se han trazado senderos a través de estos nuevos tesoros vegetales. De una primavera a otra se ha visto germinar un extenso jardín, de formas y producciones variadas hasta el infinito. Se ha conservado un astillero minúsculo, en comunicación con el Tajo mediante un terraplén. Allí se realizan los trabajos de una marina en miniatura que tiene sus ingenieros, sus marineros y sus embarcaciones. Más lejos hay una especie de puerto defendido por una batería proporcionada al tamaño del mismo, bajo cuya protección atracan algunas góndolas.

Hasta hay fragatas de elegante apariencia cuyos disparos responden a la artillería del puerto al hacer salvas. El ruido de los cañonazos, las voces de los marineros que se afanan en la maniobra y las banderolas y pabellones que flotan a capricho del viento nos permiten imaginar que asistimos a los juegos de Marte y Neptuno. ¡Felices los hombres si se limitaran a estos simulacros, si la codicia y el desmedido afán de gloria no hubiesen convertido en elementos de destrucción los que, tal vez, la naturaleza nos había dado para recreo!.

En Aranjuez se encuentra gran facilidad para todos los placeres campestres: la caza, la pesca, el paseo. En ningún sitio es éste tan variado, tan cómodo ni tan agradable, bien sea con un libro en la mano por sus florestas o recorriendo a caballo o en carruaje sus avenidas que se extienden hasta perderse de vista. Antiguamente, vagaban por las calles los gamos e incluso los jabalíes, tan mansos que podía suponérseles animales domésticos.

Los búfalos que se han traído de Nápoles sirven de bestias de carga. He visto algunos pares de camellos contribuir con su paciencia y sus robustos lomos a los trabajos públicos, pero no pudieron resistir a la influencia de un clima impropio para ellos. En la misma época se veía pacer y saltar en un prado contiguo a la carretera principal dos cebras y dos guanacos, como si estuvieran en su país natal; mientras un elefante paseaba tranquilamente su mole abriéndose paso a través de los curiosos que atraía su presencia. Así es como los soberanos deberían exponer al aire libre a todas las miradas esos animales de países extranjeros que aprisionan en sus colecciones zoológicas. Las magníficas prisiones, obras maestras de crueldad más aún que de lujo, manifiestan la tiranía del hombre sin acreditar su poder. Por lo menos, a los reyes de España no se les puede reprochar esa condición.

Tienen en los jardines del Buen Retiro algunos leones encerrados en pequeños edificios de los que se oyen salir, a veces, rugidos lúgubremente amenazadores; tienen un hermoso criadero de faisanes en el interior de los jardines de San Ildefonso, pero no tienen en ninguna parte una verdadera colección zoológica.

Una de las cosas que más contribuyen a la belleza de Aranjuez son los caballos, que pueden desarrollar allí toda la gracia de sus movimientos y su velocidad. El rey conduce por sí mismo los espléndidos troncos que sus yeguadas le proporcionan. Antiguamente, la calle de la Reina era la palestra en que los caballos competían en velocidad y se repartían la predilección de los cortesanos, que demostraban con apuestas su interés por el triunfo de sus favoritos. El rey actual, cuando aún era príncipe de Asturias, substituyó estas carreras por un espectáculo llamado «las parejas». Formaba un escuadrón de doce filas de cuatro en fondo. Dirigían las cuatro columnas él, sus dos hermanos y uno de los personajes más des¬tacados de la corte; y ostentaba cada una de su color peculiar. Los cuarenta y ocho jinetes iban vestidos, de pies a cabeza, con el verdadero traje español. Este atavío tan favorecedor daba al conjunto un aspecto militar y antiguo que parecía reflejar la época de sus ascendientes.

Con el interés que inspira la imagen de las cosas que fueron, se les veía llegar en columna a uno de los grandes patios del castillo, al compás de trompetas y timbales, precedidos por vistosos heraldos y caballos de mano ricamente enjaezados; romper las filas, separarse, aproximarse de nuevo, ya siguiendo el contorno del palenque, ya cruzándolo en diagonal y haciendo gracioso alarde de sus brillantes monturas. Esta débil y fría imagen de los antiguos torneos recordaba un poco a los espectadores, haciéndoselas añorar, aquellas fiestas en que los antiguos caballeros, bajo las miradas de los reyes y las damas iban impelidos por el doble acicate de la gloria y el amor; fiestas en que la predilección de las beldades que reinaban en sus corazones recompensaban de manera estimable su valor y su destreza. Para que los cortesanos más adictos encontrasen algún atractivo en este baile de centauros, era, preciso, nada menos, que gozasen del honor que significa tomar parte en tales diversiones junto a los hijos del monarca y contribuir a su diversión.

De algunos años acá, el rey ha renunciado a semejante recreo y ha adoptado, para la estancia en Aranjuez, otros más de su gusto. Una de sus predilecciones consiste en hacer disparos de artillería en la «Huerta de Valencia», turbando con su estrépito la calma de estos parajes encantadores con más frecuencia de la que desearía el bello sexo y las personas delicadas.

Pero lo que más placer le proporciona es el cuidado de su jardín, ahora limitado en parte, por el Tajo. Se ha excavado una especie de estanque sobre el cual se eleva un kiosco, un templete griego, un montón de pedruscos o, si se quiere, una roca coronada por un Apolo de mármol. Cerca de allí hay una barca al estilo chino, preparada para surcar las aguas de este lago artificial; donoso conjunto de objetos heterogéneos que a pesar de los adornos ofrecen apariencias bastante mezquinas. Pero la naturaleza ha puesto tanto de su parte al prodigarse en flores y plantas exóticas, junto a las cuales se alzan bellos y extraños árboles extranjeros, y extensas avenidas de sauces llorones que ofrecen grata sombra a pesar de estar en una superficie completamente plana, este jardín constituye, sin duda, uno de los paseos más agradables de Europa. Le debo este elogio en pago de las deliciosas horas que pasé vagando entre sus dédalos de flores y verdor; y rodeado por las riquezas vegetales de dos mundos, gocé la más apacible distracción en los afanes de mis ocupaciones.

El palacio y los demás edificios de Aranjuez son agradables de forma, pero carecen de magnificencia. Durante el reinado de Carlos III las habitaciones de los reyes no contenían muchos cuadros de precio, pero recientemente se han enriquecido con los despojos del real sitio de San Ildefonso y ahora contienen más de cuatrocientos cuadros, entre los cuales hay algunos del Guido, del Guerchino, Lanfranc, Poussin, etcétera. La capilla del castillo es nueva y de buen estilo: la escultura y los dorados están distribuidos con gusto y sin excesiva profusión y algunos cuadros de Mengs contribuyen grandemente a su ornato.

Hay, además, tres iglesias en el real sitio de Aranjuez. La más reciente es la de un convento de franciscanos llamado de San Pascual, fundado por el confesor de Carlos III, en la parte más elevada del real sitio. En las paredes del atrio puede leerse unas estancias piadosas escritas en el más enrevesado de los estilos. Enfrente de esta iglesia hay un hospital real perfectamente situado y digno de mención por los auxilios de todas clases que enél reciben los enfermos, que abundan en estos parajes deliciosos.

Mientras que la temperatura es moderada todo es encanto para los sentidos y se saborea el placer de vivir. Pero cuando se acerca la canícula, el aire dormido en el valle se impregna de las exhalaciones de un río cenagoso y lento y de los vapores nítricos que el sol arranca de las colinas que flanquean el Tajo; y este valle de Tempé se convierte en un paraje dañino para la salud. Entonces lo abandonan. Lo abandonan y van a buscar una atmósfera más sana en las aldeas circundantes, sobre todo en la villa de Ocaña. Aranjuez, donde en mayo y primera quincena de junio se daban cita todos los que buscan salud y distracciones y cuya población se eleva a unas diez mil almas, se convierte en una especie de desierto al que no permanecen más que aquéllos a quienes retiene allí su profesión o su pobreza.

Antiguamente, el rey no se trasladaba a Aranjuez hasta pasada la Pascua de Resurrección, y allí permanecía hasta fines de junio. La nueva corte, que prefiere Aranjuez a los demás sitios, se establece allí desde los primeros días de enero.

Aranjuez está situado en la carretera de Madrid a Cádiz.