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Si se va a Toledo por Aranjuez la comarca que se recorre es mucho más pintoresca. Después de pasar ese real sitio, el valle en que está situada se ensancha. El Tajo, que tan pronto se acerca como se aleja de la carretera, ofrece algunos paisajes deliciosos. Durante el viaje, las orillas se elevan, se cubren de roca y el río que con tanta calma discurre cerca de Aranjuez, muge bajo las viejas muralla toledanas con el estrépito y la rapidez de un torrente.

Antes de entrar en Toledo se atraviesa el Tajo por un puente de mucha altura.

Las calles, desiertas, estrechas y tortuosas, la ausencia casi absoluta de industria y de bienestar, responden mal a la idea que se forma uno de esa ciudad, que lleva el pomposo título de «Imperial» desde que Alfonso VI la arrebató a los moros; ciudad que disputa a Burgos la preeminencia en las Cortes del reino de Castilla, que ha sido considerada durante mucho tiempo como su capital y cuyos monumentos atestiguan su antiguo esplendor. bienestar, responden mal a la idea que se forma uno de esa ciudad, que lleva el pomposo Toledo. El aparente abandono de sus edificios le da un aspecto de miseria, desmentido en título de «Imperial» desde que Alfonso VI la arrebató a los moros; ciudad que disputa a cierto modo por el interior de las casas. Reina en ellas esa esmerada pulcritud que tan raro Burgos la preeminencia en las Cortes del reino de Castilla, que ha sido considerada durante es ver unida a la pobreza. Los vecinos de Toledo no reparan en gastos con tal de impedir la mucho tiempo como su capital y cuyos monumentos atestiguan su antiguo esplendor. entrada de los rayos del sol en sus habitaciones y procurarse frescor hasta en lo más Madrid, que ha aumentado su población a costa de las ciudades vecinas, se ha cebado con riguroso del verano. Si se les visita en la estación estival, se cree uno transportado al palacio del sueño. A las tres de la tarde para ellos es como si se hubiera puesto el sol: ventanas y celosías herméticamente cerradas, suelos humedecidos por frecuentes riegos, grandes lonas cubriendo los patios, todo contribuye a contrarrestar el ardor del clima y la hora del día.

A decir verdad, estas precauciones son comunes a casi todas las ciudades españolas, pero en ninguna me han parecido tan marcadas como en Toledo. No hace mucho que toda la actividad de sus habitantes se reducía casi a este sibarítico afán. Pero hace algunos años que han despertado al fin de una perpetua siesta a la que parecían condenados. Su actual prelado, el cardenal Lorenzana, ha declarado la guerra a la ociosidad y a la indigencia. El alcázar, que habitaron los reyes godos, había sido reconstruido casi por completo por Carlos V; pero después del incendio que sufrió a principios de este siglo quedó arruinado. El arzobispo lo ha reconstruido de nuevo y ha instalado en su interior unas sederías que proporcionan ocupación a más de setecientos pobres, y un Hospicio para las mujeres indigentes y los ancianos, donde también se recogen y educan doscientos niños, para los cuales mantiene una escuela de dibujo. Así es como este prelado emplea el sobrante de sus rentas, y cómo su sencillez, realmente apostólica, ha reducido en grado sumo sus necesidades; este sobrante es inmenso. A pesar de la exactitud con que cumple todas sus ocupaciones religiosas, encuentra tiempo que dedicar a la literatura. Antes de ser elegido arzobispo de Toledo lo fue de Méjico, donde sus indagaciones le procuraron unas cartas de Hernán Cortés que dio a luz de regreso en Europa.

También ha publicado algunas obras eruditas, entre ellas una nueva edición del Misal mozárabe. Sabido es que consiste en una colección de los oficios de la Iglesia, tal como se celebran según el antiguo rito mozárabe, al que se atenían los cristianos en los países ocupados por el moros. Caído en desuso, fue resucitado por el cardenal Jiménez de Cisneros, quien fundó en Toledo una capilla en la que el oficio divino se celebra aún con arreglo a ese rito, así como en una de las iglesias de Salamanca.

Pero volvamos a Toledo, del que estas divagaciones nos alejaron. Su catedral es uno de los edificios religiosos más ricos de Europa. Consagrada durante cuatro siglos al culto mahometano, recobrada al fin por Alfonso VI; conservó la forma de mezquita hasta el reinado de San Fernando, que le dio la que tiene en nuestros días. El estilo gótico resplandece con toda su magnificencia en esta catedral, que durante los reinados sucesivos fue enriquecida con ornamentos de todas clases. Varias de sus capillas son célebres por los sepulcros que encierran.

En el coro se ven los de cuatro reyes de Castilla, llamados vulgarmente los Reyes Viejos, y el del cardenal Mendoza, uno de los más ilustres prelados entre los que ocuparon la sede toledana. En la capilla de la Virgen está enterrado el cardenal Porto Carrero en cuyo sepulcro sé lee este epitafio, notable por su sencillez:

      
Hic jacet pulvis, cinis et nihil.

Toledo debe también a uno de sus prelados, el cardenal Mendoza, un bellísimo Hospital para niños abandonados, cuya iglesia contiene seis grandes cuadros de la escuela de Rubens.

En la capilla de Santiago nos vemos obligados a detenernos ante el sepulcro de don Álvaro de Luna, el célebre y desgraciado favorito a quien hizo subir al cadalso Juan II, cuya ciega debilidad lo había encumbrado a los más altos honores. Aunque sólo se presta mediana atención a las inscripciones pomposas que recargan el magnífico sepulcro del condestable y el de su esposa, no podemos por menos de entregarnos a filosóficas consideraciones acerca de la inestabilidad de los favores regios.

La misma capilla contiene también otros sepulcros notables, pero nos limitaremos a  mencionar los de diez reyes o reinas de Castilla que contiene la capilla llamada de los Reyes Nuevos, la más fastuosamente decorada de todas.

En la sala capitular está la serie de retratos de todos los arzobispos de Toledo. A partir del cardenal Cisneros tienen el mérito del parecido, pero lo que los hace valer es que algunos datan de la época del renacimiento pictórico español, y comparándolos se puede seguir la trayectoria de los progresos del arte.

Además de éstos hay en la catedral gran número de cuadros magníficos. La sacristía contiene, entre muchos otros, uno de Carlo Maratta y otro del Greco, y su techo está pin tado al fresco por Lucas Jordán.

El claustro de la catedral contiene un cuadro cuyo autor, Blas de Padro, que merecía ser más famoso, y que llama la atención hasta de los menos versados, por lo correcto del dibujo, su excelente colorido y sobre todo por la expresión suave de sus figuras. Este claustro es muy extenso y de hermosas proporciones. Bayeu y Maella, los dos mejores pintores de la España moderna, han representado en sus paredes los principales pasajes de la vida de San Eugenio y Santa Leocadia, patrones de la catedral, y de algunos otros santos famosos de Toledo, por su celo religioso.
Podríamos hacer una larga enumeración de todos los ornamentos, de todos los cálices, etcétera, de esta catedral. Bastará, digamos, que la sede de Toledo es una de las más ricas de la cristiandad, que ha sido ocupada a menudo por los prelados piadosos que hubie

sen considerado pecaminoso hacer uso profano de su propia opulencia, y que la generosidad real ha favorecido siempre. Se intenta hacer admirar a los visitantes un conjunto escultórico del peor gusto, situado detrás del coro, al que llaman el transparente, obra moderna que desfigura este edificio en lugar de embellecerlo. Se venera ahí una piedra en que se conserva la huella de los pies de la Virgen desde el día en que descendió del cielo expresamente para poner por sí misma la primera casulla a San Ildefonso, milagro que un escultor moderno ha reflejado en una de las capillas de la catedral. La piedra milagrosa queda expuesta a las miradas y a la devoción de los fieles tras un enrejado de hierro que impide la profanación sin interceptar los homenajes devotos.

Además de su catedral, posee Toledo veinticinco parroquias y multitud de conventos y fundaciones piadosas, varias de las cuales merecen la atención del viajero. Sobre todo e lHospital de San Juan Bautista, que, por la belleza y el ponderado equilibrio de sus proporciones, demuestra el buen gusto de su fundador, el cardenal Tavera, cuyas cenizas reposan en ese Hospital, en magnífico sepulcro, última obra de Alfonso Berruguete, hábil escultor de la escuela de Miguel Ángel. Ot

ro Asilo abierto a la humanidad desgraciada es el Manicomio. Los dos principales de España son los de Zaragoza y éste. He quedado asombrado y edificado por la limpieza y el orden que reinan en ellos y que me recuerdan la que he podido ver en otros muchos establecimientos benéficos que se encuentran en el mismo caso.

Me ha maravillado a menudo el que esta devoción, esta caridad cristiana, a la que hoy en día se cree tratar con benevolencia al cubrirla de ridículo, pueda cambiar tanto a los hombres y librarlos de sus defectos más inveterados. Cuando se recorren las fundaciones piadosas de los españoles, se olvida la apática indolencia y el descuido que se les reprocha. Aunque la religión sólo hubiera hecho este beneficio a los hombres, habría que ensalzarla.

También se puede admirar en Toledo los restos de la ingeniosa máquina inventada por el italiano Juanelo para hacer subir el agua del Tajo a la ciudad. Bastante cerca de estas ruinas se advierten otras mucho más antiguas, que deben de haber formado parte de un acueducto destinado a llevar el agua hasta el alcázar, regalo útil y magnífico a la vez con que los romanos se señalaron su presencia en más de un lugar de España. También se advierten en los alrededores de la ciudad las huellas de uno de sus antiguos caminos y los restos de un circo. Los romanos, los árabes, los godos y los españoles contemporáneos de Carlos V cuidaron de hermosear y hacer progresar a Toledo. No puede decirse otro tanto de los españoles modernos. Casas desiertas, bellos edificios que caen en ruinas, pobre industria, una población de doscientas mil almas reducida a veinticinco mil; áridas cercanías.Éste es el cuadro que se ofrece a los ojos del viajero, atraído por la reputación de tan famosa ciudad. Durante elúltimo reinado se habían hecho, además de lo emprendido por el arzobispo para sacarla de su postración, algunos afortunados esfuerzos para fomentar el trabajo. Las armas blancas de Toledo eran famosas antiguamente por su temple y solidez. Carlos III hizo construir un edificio bastante espacioso destinado a su fabricación, y los ensayos realizados prometen que los modernos habitantes de Toledo renovarán, en este aspecto, la antigua reputación de la ciudad.

No me perdonarían los toledanos que silenciase sus cigarrales, casitas de campo parecidas a las bastidas de Marsella, pero menos adornadas y no tan numerosas. Las tienen para ir después de almorzar, en los días ardorosos de la canícula, a buscar frescor y sosiego, aunque, a veces, se llega a ellas bañado en sudor por haber tenido que atravesar a pleno el sol un prado sin una sola sombra o escalar algunos cerros. Pero para los habitantes de Toledo, es un edén.