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Hora es ya de decir adiós a las sombrías belleza de El Escorial y de tomar el camino de Madrid, por una carretera magnífica que atraviesa una zona muy árida.

Al descender de la altura en que se asienta el monasterio, se pasa entre una fresneda de agradable aspecto, donde, hasta fines del reinado de Carlos III, veíanse pacer, junto con los bueyes y caballos, innumerables manadas de gamos que tan pronto permanecían indiferentes ante los carruajes, como asustados por una falsa alarma desfilaban brincando sobre sus patas elásticas ante los viajeros, como si quisieran desafiarlos a una carrera. Las medidas tomadas por Carlos IV han hecho que sean menos numerosos y más tímidos.

Pasada la fresneda, no se ve ya ni un árbol hasta la orilla del Manzanares. El caudal de este modestísimo río, que corre a poca distancia de Madrid, lamiendo el pie de las alturas en que se asienta la villa, es casi siempre lo bastante reducido para permitir que los coches lo vadeen, y sin embargo cuenta con dos grandes puentes: el de Segovia y el de Toledo. Acerca del primero, construido por Felipe II, se ha dicho con gracioso donaire que «a tan hermoso puente sólo le falta río». En el fondo, no son merecidos el elogio ni el epigrama de la frase. Las dimensiones, desmesuradas en apariencia, de éste y otros muchos puentes españoles, responden a una causa muy razonable. La península Ibérica está cruzada en casi todos sentidos por cordilleras cuyas cimas, a pesar del clima templado, aparecen a menudo cubiertas de nieve. Los arroyos y hasta los mismos ríos que se originan en sus laderas llevan por lo general un caudal reducido, ya que la sequía en las provincias que recorren es frecuente, pero cuando lluvias copiosas o el repentino deshielo aumentan ese caudal, el cauce de estos ríos se ensancha enormemente, debido a su poca profundidad y a la mucha arena que arrastran sus aguas, y aun cuando estas avenidas no son reiteradas, se tuvieron en cuenta al calcular las dimensiones de los puentes.

La entrada en Madrid viniendo de El Escorial es agradable a la vista. Después de pasar el Manzanares se recorre un hermoso camino, arbolado, que conduce a El Pardo, real sitio, situado a dos leguas largas de Madrid, donde la corte pasaba dos o tres meses durante el reinado de Carlos III. Su sucesor sólo va de vez en vez a cazar en los bosques de esa triste residencia. Se adelanta luego por la orilla del Manzanares, y al otro lado del río se divisa una antigua casa de recreo de los reyes de España: la Casa de Campo, que ha sido un poco des cuidada por la actual dinastía.

Se entra en Madrid por la puerta de San Vicente, nueva y de bastante buen gusto. Se sube luego penosamente hasta el palacio nuevo, que, aislado sobre una altura, sin terraza, sin parque ni jardín más bien parece una ciudadela que la morada de uno de los reyes más poderosos del mundo. Al contemplarlo de cerca se cambia de opinión. Es de forma rectangular, con grandes pórticos alrededor del patio interior. Los despachos y estancias de los principales personajes de la corte ocupan el piso bajo. Se sube por una bella escalera de mármol a las habitaciones del rey, que son muy espaciosas. La sala del Trono es digna de admiración, aun para quien conozca la galería de Versalles. Un veneciano llamado Tiépolo ha pintado en el techo los diversos emblemas de la monarquía española. Sobre las mesas y consolas vense magníficos jarrones, relojes, estatuillas y bustos antiguos.

Casi todo el mobiliario es español. Los espejos quizá los mayores de Europa y los cristales de las ventanas están fabricados en San Ildefonso. Las tapicerías provienen de una fábrica situada a las puertas de Madrid. Las variadas canteras de la Península han proporcionado el mármol de las mesas y el que reviste los zócalos. Viene a continuación el comedor del rey. Mengs ha pintado en el techo de esta estancia los dioses del Olimpo, desplegando toda la gracia y toda la riqueza de su pincel. Durante el verano, los tapices que adornan las paredes son sustituidos por los retratos ecuestres de Felipe II, Felipe III y su esposa, Felipe IV y el conde-duque de Olivares, pintados por Velázquez, y los de Felipe V y la reina Isabel Farnesio por Carlos Van Loo. No hace falta ser muy entendido para advertir la superioridad de los primeros, en los que es de admirar sobre todo las bellas formas del caballo de Felipe IV; su aplomo, la vida de que parece animado.

De esta habitación se pasa a la estancia en que el rey celebra sus audiencias. La pintura del techo, que representa la apoteosis de Hércules, es una de las obras maestras de Mengs. Su último cuadro, la Anunciación, en que trabajaba todavía en Roma cuando le sorprendió la muerte, ha sido colocado en esta sala. La Virgen tiene una admirable expresión de dulzura y modestia, pero la actitud del arcángel Gabriel no responde muy bien a la índole de su mensaje.

La estancia contigua a la sala del Trono está repleta de obras maestras de la escuela italiana, entre ellas más de una docena de los cuadros más importantes del Ticiano, dos del Veronés, varios de Bassano y una Judith de Tintoretto; en la habitación inmediata varios de Lucas Jordán y uno del Españoleto. Las paredes de la estancia siguiente se hallan también cubiertas de cuadros. Nos limitaremos a nombrar dos de las más bellas producciones de Velázquez: una que representa la Fragua de Vulcano, y otra La rendición de Breda.

En las habitaciones adyacentes, entre multitud de los mejores maestros, se distingue una Adoración de los Reyes, de Rubens, y un Cristo con la Cruz, de Rafael: dos cuadros que por sí solos valen por toda una pinacoteca. Podría decir bastante más de otros muchos cuadros que se encuentran en otras salas y en las habitaciones ocupadas anteriormente por los infantes, pero supongo que dije ya lo suficiente para dar una idea de la riqueza pictórica del rey de España. Escasean los cuadros de la escuela francesa, y abundan los de la italiana, flamenca y española; esta última debiera ser más conocida y estimada. En el extranjero apenas se oye hablar de Navarrete, Alonso Cano, Zurbarán, Cerezo, Cabezalero, Blas de Prado, Juan de Juanes, etcétera, quienes gozan entre sus compatriotas de merecida reputación. Sólo de oídas, en Francia, se conoce algo a otros maestros mucho más famosos: Ribera, llamado el Españoleta porque, nacido en España, pertenece más bien a Italia que a su país natal; Velázquez, notable por la corrección de dibujo y por la perspectiva; Murillo, uno de los primeros pintores del mundo por la dulce y viva expresión de sus figuras, bajo cuya piel sentimos circular la sangre.

El palacio de Madrid es completamente nuevo. Al incendiarse en 1784 el que antes habitaba Felipe V; se propuso este monarca reconstruirlo en el mismo lugar. Un arquitecto piamontés le presentó un plano magnífico, cuya maqueta puede verse en una casa cercana al palacio. Felipe V; espantado por el presupuesto, adoptó un plano más sencillo, cuya ejecución ha resultado igualmente dispendiosa. Todavía no se ha terminado, y hace más de doce años que se trabaja en añadirle dos alas que le darán alguna esbeltez, pero a costa de ser menos lucida la fachada principal. Se llega a esta fachada atravesando una gran plaza irregular, en cuyo extremo está la Armería, que contiene una colección de armas antiguas y extranjeras, muy bien ordenadas y cuidadosamente conservadas. Lo que más atrae la atención son las armaduras de los antiguos guerreros de América, más aún que los sables damasquinos ornados con pedrería y las armaduras completas de algunos reyes de España, entre ellas la de San Fernando.

Desde luego, no se deja de mostrar al viajero todas estas maravillas y, aunque sea un francés, no se deja de señalar la espada que rindió Francisco I en la batalla de Pavía.

Los reyes de la casa de Austria sólo habitaban en el palacio antiguo a temporadas y pasaban una parte del año en una especie de casa de campo, situada al otro extremo de la ciudad, a la que llamaron Buen Retiro. Felipe V se aficionó a esta residencia, y desde que se incendió el palacio hasta su muerte no utilizó otra. Lo mismo hizo Fernando VI. Carlos III pasó en el Buen Retiro los primeros años de su reinado, con gran desesperación de su esposa la reina Amelia, que recordaba sin cesar el horizonte magnífico de Nápoles, comparándolo con el reducido y estéril en que tropezaban sus ojos. Ninguna residencia regia ha tenido nunca tan poco aspecto de palacio como el Buen Retiro, informe conjunto de habitaciones sin majestad, situado en unos jardines desaliñados y faltos de agua que sirven actualmente de paseo público. Hay algunas estatuas dignas de la atención para los curiosos: una de Carlos III pisoteando a un monstruo que parece simbolizar a la herejía, y una estatua ecuestre de Felipe IV; realizada por Pedro Tacca, hábil escultor florentino. El palacio del Retiro contenía también numerosos cuadros de precio, pero los mejores han pasado al palacio nuevo.

El teatro del Retiro se conserva perfectamente. La sala es pequeña, pero de artístico trazado. El escenario, muy espacioso, comunica por detrás con los jardines, a cuyo nivel se encuentra, lo que ayudaba a menudo los trucos teatrales al extender la perspectiva hasta perderse de vista, permitiendo incluso algunas veces la aparición de caballos en la obra. Las ficciones se desvanecieron, y hoy la sala está desierta. Los decorados duermen enterrados en polvo, y este teatro, en que durante el reinado de Fernando VI resonaban las voces más armoniosas, está condenado a un silencio melancólico que durante treinta y siete años sólo dos veces fue interrumpido.

Así cambian las cortes al compás de los gustos del soberano. La de Fernando VI, brillante, ávida de festejos, había naturalizado en España la magia escénica de los teatros italianos bajo la dirección del compositor Farinelli, cuyas dotes le granjearon el favor real, preferencia de la que nadie murmuró porque se limitó a usarla con modestia, sin abusar nunca; pero ante Carlos IV, Euterpe y Terpsícore perdieron el cetro. Extraño al amor y, aunque bondadoso, casi insensible a la amistad, no tuvo, durante treinta años de reinado, favorito alguno, si exceptuamos al marqués de Esquilache, que a poco más le cuesta caro, y a un ayuda de cámara italiano, Pini, que sólo gozó de una predilección oscura y subalterna. Protegido por las devociones contra la sensualidad, pasó (caso quizá único en la historia de los reyes) veintinueve años de su existencia sin esposa ni favorita. Nunca existió corte menos galante que la de Carlos III.

La de Carlos IV, menos austera que la de su padre, no es enemiga de los placeres, pero disfruta de ellos sin aparato, y el favoritismo se hace perdonable porque es ejercido con nobleza y bondad, procurando no crear descontentos. Por otra parte, tiene esta corte una ventaja sobre las tres precedentes, y es que los cargos de confianza están en manos de españoles, y que la reina, aunque nacida en Italia, se ha identificado con el carácter de la nación. Para terminar el paralelo entre los cuatro reinados de los Borbones en España (no contamos el de Luis I, que duró menos de un año), diremos que ofrecen en conjunto (y no es frecuente) una serie de monarcas, ni heroicos ni dotados de cualidades brillantes, pero probos, humanos, sinceramente piadosos, que sin duda no siempre realizaron con discernimiento buenas obras, pero que nunca las hicieron malas, de propósito.

Los jardines del Buen Retiro encierran en su interior una fábrica de porcelanas cuya entrada está en absoluto prohibida a los visitantes, tal vez porque se desea que sus producciones, distantes aún de ser obras maestras, se perfeccionen en el aislamiento antes de mostrarse a la curiosidad pública. Apenas las hay en los palacios del rey o en algunas cortes italianas, adonde se envían como regalo. Carlos In hacía justicia a la superioridad de la producción francesa de este género y exceptuaba el envío a la corte de Versalles en sus regalos, tal vez para evitar comparaciones.

El palacio del Retiro está junto a un paseo famoso de antiguo en las novelas y comedias españolas: el Prado. Este sitio, en sí, no tenía mérito, y lo que le daba importancia eran las escenas a que daba lugar. La proximidad del palacio, la oscuridad, la misma desigualdad del terreno, todo favorecía las intrigas a la vez que acrecentaba los peligros. Carlos III lo allanó y puso faroles y árboles en sus avenidas; ha ordenado que lo rieguen y lo adornen con estatuas y fuentes, algunas de las cuales, como la de Cibeles por ejemplo, son de bastante buen estilo. Con todo esto lo ha convertido en paseo espléndido que se puede frecuentar con agrado y seguridad en cualquier tiempo. Algunas de las mejores calles de la villa desembocan en este paseo, entre ellas la de Alcalá, una de las más anchas de Europa, que lo cruza para terminar a lo largo de los jardines del Retiro, en la puerta de Alcalá, que, a pesar de su poco airosa traza, no deja de tener un aspecto monumental.

Acuden todos los ciudadanos al Prado, a pie o en coche, para reunirse y respirar un aire refrescado por los surtidores de las fuentes y perfumado por el aroma de las flores. La concurrencia es a veces inconcebible, y he visto allí desfilar con el mayor orden cuatrocientas o quinientas carrozas entre una muchedumbre de paseantes, lo cual acredita una extraordinaria opulencia y una población animada, en la que sería de desear mejor gusto en la mayor parte de los carruajes y más diversidad para recreo de la vista. En lugar del abigarrado con junto que presenta en otros lugares públicos de Europa la variedad de vestidos y sombreros, en el Prado sólo se ven mujeres uniformemente vestidas, cubiertas con grandes velos blancos o negros que disfrazan su rostro y su figura, y hombres envueltos en grandes capas, generalmente de color oscuro; por lo cual el Prado, con ser tan lucido, parece la representación absoluta de la gravedad castellana. Esta impresión se acentúa todas las noches cuando, al primer toque del Ángelus, los paseantes, sin excepción alguna, se descubren, se detienen de repente, como paralizados por una mano invisible, interrumpen las discusiones más animadas, las conversaciones más amorosas, para recogerse durante unos minutos. ¡Ay del profano que osara turbar este silencio, símbolo de una devoción que podrá parecer fanatismo a los descreídos, pero que hasta para ellos, cuando lo presencien, se ofrecerá imponente y conmovedora! Terminadas las oraciones del Ángelus todos reanudan el paseo y las conversaciones interrumpidas. Bajo la cúpula celeste, todo un pueblo acaba de rendir unánime acatamiento al Creador.

Una de las cosas que más contribuyen a embellecer el Prado es el Jardín Botánico. Estuvo en la carretera de
Madrid a El Pardo, y Carlos III, pocos años. antes de morir, lo trasladó donde ahora se halla. N o ya por aficiones
botánicas; por el gusto de solazarse; con un permiso que no es difícil obtener, se disfrutan en el ambiente grato
de tan bello jardín horas deliciosas, casi en absoluta soledad, entre árboles y plantas de las cuatro partes del
mundo. Las producciones del reino vegetal están ordenadas según el sistema de Linneo, con los nombres
indicados mediante etiquetas defendidas en tubitos de cristal, recurso cómodo y muy útil para los estudiantes. En
seguida se comprende que el rey dispone de muchos medios para procurarse, sobre todo en el reino vegetal, la
colección más valiosa del mundo, gracias a las variedades de climas en sus numerosos estados.
Sólo de veinte años acá se ocupan de sacarle partido a esta ventaja. Desde el Ministerio de Indias, Gálvez
encomendó a todos los empleados civiles, militares y eclesiásticos de las colonias que hiciesen llegar a España
ejemplares de los tres reinos de la naturaleza que juzgasen dignos de ser enviados y de posible, aunque costoso,
envío. Sus intenciones han sido cumplidas, por lo menos en lo que al reino vegetal se refiere. No pasa año sin que
lleguen de las Indias españolas algunas plantas nuevas, o semillas y bulbos cuya adaptación se intenta en el
Jardín Botánico de Madrid. Los estudiantes de botánica que la corte pensiona en Méjico, Perú y otros lugares,
unen a sus envíos detalladas memorias acerca de los vegetales tal como aparecen en su ambiente; del suelo en
que se crían y de los cuidados que requieren. Con estos datos, los profesores de botánica y especialmente don
Casimiro Ortega, plantan las semillas y los bulbos que reciben y, rodeados por sus alumnos, observan con
emocionante ansiedad las diversas fases de su desarrollo.
Los reyes de España han establecido en la calle de Alcalá el Museo de Historia Natural que contiene ya una de las
colecciones más completas de Europa en metales, minerales, mármoles, piedras preciosas, corales, madréporas y
otras producciones marinas. La colección de pescados, las de aves y sobre todo la de cuadrúpedos dejan mucho
que desear, pero las medidas adoptadas por el Gobierno desde hace algunos años contribuyen, quizá un poco
lentamente, a conseguir un museo lo más completo posible.
El mismo edificio del Museo de Historia Natural, y que, con el de la Aduana edificado asimismo por Carlos III,
constituye el principal ornato de la calle de Alcalá, sirve para celebrar las sesiones de la Academia de Bellas Artes,
como expresa con fortuna la siguiente inscripción:

Carolus III, naturam et artem sub uno tecto in publicam utilitatem consociavit anno M.DCCLXXJV

Sin embargo, el verdadero fundador de esta Academia fue Felipe V; aunque Fernando VI, que sentía por ella especial predilección, la pusiera bajo la advocación del santo de su nombre llamándola Real Academia de San Fernando, y Carlos III se ha hecho acreedor a la gratitud de la corporación, al instalarla dignamente. Preside la Academia el ministro de Estado, y cada tres años distribuye premios a los alumnos que presentan las mejores obras de escultura y pintura y los mejores modelos arquitectónicos. Aunque la Academia cuenta con algunos miembros distinguidos en las tres artes, forzoso es reconocer que las obras maestras no abundan y que los premios que distribuye son más bien un estímulo que una recompensa. Pero la corte española ha pensionado en Roma a varios alumnos en los que cifra grandes esperanzas. Algunos de los miembros de la Academia se ocupan de reproducir mediante el grabado una parte de las numerosas obras maestras que embellecen los palacios.
La labor de la Academia en beneficio de las bellas artes no se limita a la formación de alumnos; es además el tribunal supremo al que deben someterse los planos que se construyan en el reino. Esta institución acabará por restablecer el imperio del buen gusto sobre las ruinas de la barbarie que ha informado la construcción de la mayor parte de los monumentos arquitectónicos madrileños, barbarie cuyas huellas son aún perceptibles en algunas de las puertas, en las fuentes antiguas y en la mayoría de las iglesias de la capital; ensayos informes de un arte aún en mantillas, que ha trabajado más para engendrar monstruosidades que lo suficiente para producir obras maestras. Los edificios modernos prueban ya la revolución experimentada bajo el reinado de los Borbones.

Además del palacio nuevo de Madrid, podemos citar como pruebas las puertas de Alcalá y San Vicente, el edificio de la Aduana, el de Postas y, sobre todo, la soberana construcción, a la izquierda del Prado, comenzada hace unos diez años. Allí se instalará el Museo de Pintura y Escultura, se le unirá el de Historia Natural y varias Academias celebrarán sus sesiones. Las obras fueron interrumpidas por la guerra, ya han sido reanudadas al hacerse la paz. Este bello monumento arquitectónico aumentará considerablemente la nombradía de su autor, el arquitecto Villanueva. Por lo demás, hay en Madrid pocos edificios que merezcan la atención del viajero.

Esta capital está generalmente despejada; sus calles, sin ser trazadas a cordel, son anchas y poco tortuosas. Por la escasez de lluvias y la cuidadosa vigilancia, es una de las ciudades más limpias de Europa. Pero, si exceptuamos el Prado y sus avenidas, no podemos citar ninguna barriada hermosa. La célebre plaza Mayor no tiene nada que justifique el entusiasmo con que la elogian los españoles. Es una plaza cuadrangular, formada por edificaciones de cinco o seis pisos, bastante uniformes, pero sin decoración y con soportales. En las solemnidades públicas, la plaza se ilumina y presenta un aspecto hermoso. En ella se celebraron antiguamente los autos de fe con todo su aparatoso horror. Aún hoy se celebran allí las corridas de toros, que se dan con ocasión de las fiestas cortesanas llamadas reales. Hay en la plaza un edificio bastante bello en que la Academia de la Historia celebra sus sesiones y en donde se conserva su biblioteca, su museo, sus manuscritos y medallas. Se despachan en esta plaza la mayor parte de los comestibles y mercancías de todas clases. La reunión de todas estas circunstancias la convirtió en el lugar más notable de la villa y corte y le ha valido una fama, tal vez merecida en la época de su construcción, pero no ahora cuando los adelantos de la arquitectura permiten crear en Europa cuarenta plazas superiores a ésta. La plaza Mayor ha quedado muy desfigurada a consecuencia del incendio que redujo a cenizas, hace siete años, la casi totalidad de uno de sus lados. Por añadidura la desluce una multitud de tenderetes que no permiten atravesarla en todos sentidos. Sin embargo, es el barrio de Madrid que más favorable idea puede dar de la población, y si juzgamos por la concurrencia que a todas horas del día anima esta plaza y las calles adyacentes, comprendida la Puerta del Sol, principal punto de reunión de los que gustan comentar las noticias recientes, difícil se nos hace creer que Madrid sólo tiene 156.752 habitantes avecindados. Tal fue, al menos, el censo de 1787, que se hizo en toda la Península.

Pero como esta capital tiene ordinariamente de seis a diez mil hombres de guarnición y acuden a ella los solicitantes de toda España y de las Indias, con buen número de extranjeros, no es exagerado atribuir 180.000 almas a su población habitual.