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El coro de los frailes de El Escorial está situado sobre la puerta grande de la iglesia, frente al altar mayor. De ambos lados del coro arranca una galería que se extiende a lo largo de los dos lados de la iglesia y comunica mediante cuatro puertas con el primer piso del monasterio. Desde esta galería se asiste al oficio divino. Allí he ido a menudo para impregnarme de los profundos sentimientos que se apoderan de las almas (aun de las menos devotas), ante el aspecto imponente de un templo. Préstase el de El Escorial más que ningún otro a estas meditaciones. Su masa enorme, cuya solidez ha sobrevivido ya casi dos siglos y sobrevivirá durante más de veinte a su fundador, dormido en su recinto; el recuerdo austeridad emplazaron; el ruido de cien voces que resuenan en la extensa nave alabando al Señor, todo contribuye a imbuir en el alma ese recogimiento melancólico mil veces más placentero que la vana disipación del mundo.

Pero acabemos de recorrer las bellezas encerradas en el monasterio. Al salir de la galería que domina ambos flancos de la iglesia, se atraviesa un pasillo largo, llamado la sala de las batallas por hallarse allí grandes cuadros en los que se representan algunas acciones cuadros la fidelidad de las actitudes, la exactitud de los atavíos y la viveza del color. También interesan al visitante los dos grandes claustros, con su enlosado de mármol y sus nobles proporciones.

Las pinturas al fresco del claustro de abajo son objeto de alabanzas quizá excesivas. Si buscamos efectos de perspectiva, no los encontramos. Pero si nos gustan los rostros expresivos y esas formas vigorosas de la escuela de Miguel Ángel, vendremos más de una vez a contemplar los pasajes principales de la vida del Salvador, representados con figuras casi colosales por Tibaldi. Se llega a este claustro por unos pasillos estrechos y oscuros. El defecto más notable de la arquitectura de El Escorial consiste en que partes muy principales no se ofrecen donde más efecto producirían. La puerta, la escalera principal: damos con ello por sorpresa, casualmente. Un hermosísimo patio interior se adorna con dos filas de arcos, de arquitectura noble y sencilla. En el centro hay un templete, de muy elegantes proporciones, pero por su emplazamiento pudiera suponerse que se ha deseado sustraerlo a las miradas curiosas.

El claustro grande de abajo comunica con la sala capitular, repleta de obras maestras, donde hay varios Ticianos; un Velázquez, que representa a los hijos de Jacob cuando le llevan las vestiduras ensangrentadas de José; una Virgen de Rafael; un San Jerónimo del Guerchino; tres cuadros de Rubens y tres del Españoleto, pero las más admirables son tres obras maestras del Guido. El claustro a que nos referimos comunica también con la antigua iglesia del monasterio, en la que existen tres importantes cuadros del Ticiano, tres del Españoleto y uno de Rafael, que descuella entre todos, sin excepción, por la belleza y la nobleza de las formas, por la corrección del dibujo, por todo, en fin, lo que caracteriza el genio inimitable de este famoso pintor. He visto a personas entendidas quedar en éxtasis y llorar de admiración ante esta sublime obra maestra, sin que tan deliciosa emoción sea turbada por lo chocante del tema, pues allí se ofrecen reunidos la Virgen, el Niño Jesús, San Jerónimo, con la púrpura cardenalicia, y el arcángel Gabriel, que aproxima ese divino grupo al joven Tobías, quien ofrece con timidez su pesca. Este último detalle ha hecho que se dé al cuadro el nombre de La Virgen del Pez. No se concibe cómo ha podido el genio de Rafael sujetarse a tan extraña composición, que, sin duda, le fue impuesta, y cómo la factura no se ha resentido de tan enorme dificultad; porque si su gusto exquisito no se hubiera sublevado ante aquella discordancia ¿qué representarían las reglas del arte y los preceptos de la razón?. Después de La Virgen del Pez se puede admirar una magnífica Cena del Ticiano, que ocupa todo el testero del refectorio de los frailes.

En el claustro de arriba, entre algunos cuadros medianos, son de notar varios del Españoleto, sobre todo uno que representa a Jacob guardando los rebaños y otro del Navarrete conocido por el Mudo, al que Felipe II llamaba Ticiano español.

La escalera principal, que lleva del claustro inferior al superior, merece mencionarse. Los cuatro lados de su friso y su techo están pintados al fresco por Lucas Jordán, quien ha representado episodios de la batalla de San Quintín; el cumplimiento del voto de Felipe II, y la llegada de este príncipe a la Corte Celestial.

En una salita contigua al claustro grande de arriba se ve con gusto una Anunciación del Veronés, una Natividad de Tintoretto, un Descenso de la Cruz y una Santa Margarita, espantada ante la presencia de un dragón, y tres cuadros del Ticiano, a uno de los cuales llaman La Gloria del Ticiano, quizá porque representa a Carlos V y Felipe II gozando de la bienaventuranza eterna rodeados por los principales patriarcas de la Ley antigua.

Esta sala comunica con un reducido gabinete que contiene varias reliquias: uno de los recipientes milagrosos de las bodas de Caná, un autógrafo de la Vida de Santa Teresa, etcétera.

No acabaría nunca si quisiese referirme a todos los cuadros notables que contiene El Escorial. Basta lo dicho para comprender que a ellos debe principalmente su reputación, y que si se le despojase de esta parte de su riqueza y la corte no viniese a traerle todos los años el fasto que siempre lleva consigo, sería sólo considerado como un enorme convento, mucho más imponente por su masa y su solidez que por la magnificencia de su ornamentación.