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En el primer descansillo de la escalera se encuentra un claustro pequeño que conduce a la biblioteca, desde luego menos valiosa por el número y la selección de sus libros que por la belleza de su nave y la cantidad de manuscritos griegos y árabes que contiene. Todas las artes han concurrido en su decoración, y si algún defecto puede achacársele será el de un excesivo adorno. La pintura cubre todo el espacio que dejan libre las estanterías de los mayor parte. Tibaldi, el maestro del Ticiano, ha desplegado aquí el vigor, a menudo exagerado, de su pincel. Sus actitudes forzadas parecen contorsiones; sus formas, a fuerza y que son de maderas preciosas muy bien talladas, resultan mezquinas bajo los colosos de Tibaldi. Sobre las estanterías hay unos frescos de Bartolomé Carducho que también pierden relativos a la ciencia de que tratan los libros contenidos en las estanterías. Así, para los libros de teología, representa el concilio de Nicea; la muerte de Arquímedes en el sitio de Siracusa El centro de la biblioteca está ocupado por esferas y mesas en los que se ve, entre otras, una estatuilla ecuestre de Felipe IV; un templete de plata maciza, con adornos de lapislázuli y piedras preciosas, alrededor del cual están alineados todos los abuelos de la reina Ana de Neoburgo, esposa de Carlos II.


En los intersticios, entre las estanterías, asoman los retratos de Carlos V y de los tres Felipes que le sucedieron en el trono de España. Detengámonos, desde luego, ante el de Felipe II, pintado con extraordinario realismo por Pantoja de la Cruz; contemplemos su rostro, sombrío y austero, en el que se lee un compendio de su reinado; pero no comuniquemos nuestras reflexiones a los religiosos que os acompañan: sería pagar mal su amable acogida. Quien lleve al monasterio prejuicios contra los españoles en general y contra los frailes en particular, los verá disipados ante los jerónimos que lo habitan. Valga, como ejemplo, el caso de dos sabios daneses, los señores Moldenhauer y Tyschen, profesor el uno en la Universidad de Copenhague, y el otro en la de Gotinga, que han enriquecido las letras alemanas con los frutos de sus laboriosas investigaciones en El Escorial. A su llegada al monasterio, para dedicarse a sus trabajos, fueron bien acogidos por estos frailes, a pesar de la diferencia de costumbres, de idioma y sobre todo de religión. Se los alojó en el convento y se proveyó a todas sus necesidades con hospitalario celo. Todos los tesoros de la biblioteca fueron puestos a su disposición y pasaron dos meses hojeando y extractando todos los manuscritos que movían su curiosidad. El generoso trato que recibieron era tanto más de agradecer, porque tales manuscritos sólo se habían dado a la luz unos extractos hechos por un español llamado Casiri, en dos volúmenes infolio, que distan mucho de ultimar la tarea que dicho sabio se había impuesto y que actualmente continúa uno de los frailes que allí residen.


Estos manuscritos no se conservan en la parte de la biblioteca que durante la estancia de la Corte en El Escorial está abierta todo el día, sino en otra sala, siempre cerrada, en donde se archivan los libros que prohíbe la ortodoxia española.
Al entrar en la biblioteca de El Escorial produce asombro ver que los libros están colocados al revés, con el lomo hacia adentro y el título dibujado en el canto delantero. Al inquirir yo el motivo de tan extraña costumbre, me han contestado que Arias Montano, sabio español del siglo XVI, cuyos libros fueron la primera aportación a la biblioteca de El Escorial, todos los tenía dispuestos y rotulados en esa forma, porque le pareció más conveniente, y desde entonces los frailes dieron la misma colocación a los demás libros por razones de uniformidad.