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Dos ciudades cercanas a Madrid y que pueden tentar la curiosidad de un viajero, atraído por su antiguo renombre, son Ávila y Alcalá.

Ávila esta situada a unas veinte leguas de la capital, sobre una eminencia. Sus espesas murallas, sus torres, su alcázar y la cúpula de su antigua catedral gótica, le dan de lejos un aspecto imponente. Pero su pobreza y su despoblación sobrepasan a cuanto se diga. La deserción de numerosos señores terratenientes que han ido a establecerse en otros puntos, lejos de sus tierras, confiadas a la administración ajena, es la causa principal de su decadencia. A principios de siglo contaba Ávila con una fábrica de paños que tuvo que cerrarse y que no volvió a producir, a pesar de los buenos propósitos del Consejo de Castilla. Pero en 1789 dos ingleses, expertos en la fabricación de tejidos de algodón, fueron atraídos a España por la corte, que los obligó a establecerse en Ávila para tenerlos más cerca, aunque ellos hubiesen preferido instalarse en Galicia o en Cataluña por su mayor proximidad a la costa. Ya en Ávila ocuparon un edificio que había pertenecido antes a una Escuela militar. Los comienzos no fueron muy alentadores, pues se les miraba con la mayor prevención y se amenazaba con lapidarlos. Los que no los perseguían, rehuían por lo menos su encuentro. Los labriegos de las cercanías daban un gran rodeo para no pasar junto a su casa. Poco a poco el prejuicio se ha disipado y se han ido acostumbrando a verlos.

Estos ingleses han comenzado a hacer renacer la abundancia en la comarca. En 1792 más de setecientas personas estaban empleadas en su fábrica o dependencias de la misma y ya no había pobres en Ávila. Yo los vi presentarse en Aranjuez en 1792. La acogida que se les tributó pudo compensarles de las persecuciones anteriormente sufridas. ¿No es digno de atenciones un gobierno que cuando acomete alguna empresa útil para el país ha de luchar contra tales obstáculos?.

Alcalá hace más honor que Ávila a su reputación. El recorrido de las seis leguas que la separan de Madrid es bastante agradable. Después de la primera se encuentra el pueblo de Canillejas, entre huertos y vergeles, verdadero fenómeno en las cercanías de la corte. Una legua después se atraviesa el Henares sobre un bello puente de piedra y se deja a la derecha Leganés, una de las residencias del regimiento de guardias valones; Vicálvaro, que tiene siempre un destacamento de guardias españoles, y San Fernando.

El Henares, del que Alcalá toma su sobrenombre, discurre a alguna distancia bajo una fila de colinas peladas.

Alcalá conserva aún un recinto amurallado. Es una ciudad muy estrecha para su longitud, bastante bien construida y limpia; contiene muchas iglesias y conventos; en sus campos se cultiva el trigo, y no presenta el aspecto descuidado de tantas otras ciudades castellanas. De la famosa universidad sólo merece recuerdo su fundador, el cardenal Cisneros, quien reunió allí algunos sabios para trabajar en la edición de la famosa Biblia conocida por los teólogos con el nombre de Biblia complutensis. Aquellos sabios sólo han tenido hasta la fecha por sucesores, verdaderos pedantes.