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Los asesinatos eran antes más frecuentes que ahora en España. Hubo asesinos a sueldo. Se alquilaban en el reino de Valencia de la misma manera que se alquilaban testigos judiciales en algunas provincias francesas. Esta horrorosa costumbre debíase indudablemente al puñal triangular, que, oculto bajo la capa, salía de su escondrijo al primer acceso de resentimiento; sus golpes eran mucho más peligrosos que los de la espada, que no se puede llevar escondida, y cuyo manejo requiere cierta habilidad; más peligrosos incluso que los del puñal de hoja corriente. No es fácil corregir las costumbres de un país por medios bajo cuyas alas apenas si se reconoce al mejor amigo, favorecían todos los desórdenes y sobre todo los que comprometen la seguridad de los ciudadanos. Para desterrarlos de Madrid recurrió a leyes coercitivas que pasaron a vía de hecho. Sus satélites, irreprimible. Acobardado el rey sacrificó al ministro. El traje tan bruscamente juzgado continuó en uso, mientras lo modificaban recursos más lentos y benignos, el ejemplo de la corte y de los interesados en ella. Los sombreros chambergos, que favorecían la insolencia y el crimen garantizando la impunidad, han desaparecido por completo de la capital, y la capa, vestidura muy cómoda para los que conocen su manejo, ya no favorece más que a la pereza.

En cuanto al uso del fatídico puñal, perdura todavía en algunas partes de España, pero sólo en las clases inferiores del pueblo. Aún hay bravucones que lo utilizan para intimidar a los pusilánimes, y hombres violentos para los cuales es un rápido instrumento de venganza. Los eclesiásticos han empleado su ministerio de caridad y de paz para hacer que sus feligreses renunciasen al uso del puñal, empleando a veces sus prédicas para este fin, como lo hacía el último arzobispo de Granada. Pero estos medios no han resultado muy eficaces. El reino de Valencia, esa comarca favorecida por el cielo en la que la benignidad del clima y la abundancia de riquezas naturales parece no deberían provocar más que suaves pasiones, es testigo de frecuentes asesinatos. Una de las prerrogativas de la corona consiste en que el rey puede indultar todos los años a uno de los criminales condenados a muerte, a poco que su crimen presente alguna circunstancia atenuante. Pues bien: durante siete años consecutivos, en las listas presentadas con este motivo por la audiencia de Valencia no se ha encontrado un solo reo cuyo delito pudiera considerarse digno de indulto; tan marcado era el carácter de premeditada ferocidad en los crímenes cometidos.

El uso del puñal y los viles asesinatos aún son bastante frecuentes en Andalucía, donde se puede comprobar cuán poderosas son las influencias del clima cuando no se les oponen remedios morales. Durante el verano, cierto viento del este (llamado viento de Medina) produce en esta región una especie de frenesí que hace estos excesos mucho más frecuentes que en ninguna otra época del año.

Pero si cambiara el aspecto físico de España, es decir, que carreteras y canales cruzasen regiones hoy casi inaccesibles; si la facilidad de las comunicaciones hiciera más activa e ineludible la vigilancia de los agentes del Gobierno; si los progresos de la agricultura, industria y comercio proporcionaran ocupación a la ociosidad malhechora; es decir, en una palabra: si continuase desarrollándose el plan del Gobierno actual, se vería cómo la influencia del clima tiene que ceder ante causas tan poderosas.

La revolución de costumbres operada ya en los últimos sesenta años justifica este propósito. Hasta el siglo presente no se han abolido dos costumbres que la razón y la humanidad hubiesen debido proscribir hace mucho tiempo: las rondallas y las pedreas.

La rondalla es una especie de desafío entre dos grupos de músicos. Sin más objeto que demostrar su valentía se sitúan uno frente a otro, armados con espadas y pistolas; primero disparan una vez y luego echan mano de las armas blancas. Parece increíble que esta costumbre subsista aún en Navarra y en Aragón, y que uno de estos desafíos haya tenido lugar en agosto de 1792 entre dos parroquias exteriores de la ciudad de Zaragoza.

Las pedreas han desaparecido hace poco. Era también una lucha entre dos bandos armados con hondas, que se atacaban a pedradas.

Tales costumbres acusan tanto a los que las conservan como al Gobierno que las tolera. Sin embargo, ¿es por completo disparatada la opinión de los que las defienden? Los aficionados a las paradojas no sólo pretenden que si bien estas costumbres demuestran algo de barbarie también prueban y estimulan el valor, sino que llegan a lamentar la influencia que la obra de Cervantes tuvo en las costumbres españolas al cubrir de eterno ridículo a esos aventureros faltos de cordura, pero sobrados de valor y de generosidad que iban al encuentro de los peligros, que ofrecían la desinteresada ayuda de su brazo a los débiles, a los desdichados y a las damas. En vano se les objeta que el ministerio inoportuno de los caballeros andantes es por lo menos inútil en los países en que la caridad y las disposiciones de la autoridad cuidan de atender a estas tres clases de personas, porque arguyen: «Cuando estamos aislados, sin vecinos inquietos e inquietantes, podemos pulirnos, refinar nuestras costumbres, entregarnos tranquilamente a todos los impulsos de la más prudente humanidad y gozar con perfecto sosiego del arte y los placeres, pero si hay que arrostrar el furor de los elementos y la muerte en el combate, ¿ no es un don inestimable el de una educación que nos familiarice desde jóvenes con los peligros y el dolor? ¿Permanecería por mucho tiempo independiente y libre del yugo de un déspota la nación cuyos habitantes descuidasen las maniobras militares por la magia escénica de la ópera, el pugilato por los minués? Quizá vería extenderse hasta el infinito su población y su opulencia en el seno de las artes gráficas. Podría poner en pie de guerra y costear los ejércitos innumerables y brillantes de Jerjes y Darío, pero ¿dónde encontraría los Leónidas y los Milcíades?.

También podemos aducir en prueba del cambio operado en las costumbres españolas la casi absoluta desaparición de los duelos. Antiguamente el puntillo de honor, susceptible en demasía, los originaba con frecuencia. Basta, para convencerse de esto, leer las comedias y novelas de los españoles. Hoy en día su valor, más tranquilo, puede aún servir en tiempo de guerra para defender la patria sin turbar el sosiego en la paz, y durante más de nueve años de estancia en España no tuve conocimiento de ningún trágico desafío y apenas si he oído hablar de algunos lances de honor.