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Lo mismo viene a suceder con todo lo que se repite sin cesar acerca de los otros defectos de los españoles. Si no los hemos absuelto del todo de la acusación de pereza, hemos afirmado, y repetimos aquí, que se debe a circunstancias eventuales y que desaparecerá con ellas. En efecto, cuando se considera la actividad que despliegan en las costas de Cataluña y Valencia, en las montañas vascas, por todos los lugares en que la industria se ve estimulada y encuentra salida fácil y segura para sus arrieros que se arrastran animosamente por los más escarpados caminos; esos labriegos que en las llanuras manchegas y andaluzas se curten en los trabajos del campo, tan penosos por las condiciones del terreno, la lejanía de sus viviendas y los ardores del clima; el más tórrido de Europa; cuando se ve a esa multitud de gallegos y asturianos que, como nuestros advierte, en fin, que esa pereza, tan reprochada a los españoles, no trasciende más allá de las dos Castillas, es decir, de la parte de España más desprovista de caminos y canales y más alejada del mar, ¿no es justo deducir que no es el ocio una característica invencible ni común a todos los españoles?

Existe otro defecto que tiene mucha afinidad con la pereza, que presenta, por lo menos, análogos síntomas, y es la lentitud. Y no es tan fácil absolver a los españoles de este pecado. Las luces, forzoso es reconocerlo, penetran muy lentamente entre ellos. En la política, en la guerra y en los demás actos de gobierno, como también en los de la vida ordinaria; mientras actúan otros países, en España se delibera. Recelosos y excesivamente cautos, echan a perder importantes asuntos por la lentitud con que los tratan, y esto resulta más extraordinario si tenemos en cuenta su viva imaginación, que debería irritarse al tropezar su aplazamiento. Pero en las naciones, como en los individuos, no hay cualidad que no sea modificada por una cualidad opuesta, y en su lucha triunfa siempre la condición en que el espíritu se ve impulsado con más fuerza por las circunstancias del momento. Así el español, frío y reflexivo por naturaleza cuando nada lo conmueve, sólo se exalta hasta el paroxismo cuando el ultraje o la oposición, el resentimiento o alguna de las pasiones arraigadas en su carácter provocan el orgullo. He aquí por qué la nación aparentemente más grave, más fría y lenta de Europa, se convierte en una de las más violentas cuando alguna circunstancia la induce a salir de su calma habitual. Los animales más temibles no son los más activos. Ved al león: su rostro es tan grave como sus ademanes. No se mueve sin objeto. No malgasta su voz en vano. Mientras se respeta su tranquilidad, le place la calma. Pero apenas se le provoca sacude sus crines, un fuego sangriento anima su mirada, ruge sordamente, y en su furia reconocemos al punto al rey de la selva.

No quiero decir con esto que el español sea el rey de Europa, como pretendió serlo en otro tiempo. Quiero decir sólo
que este pueblo ofrece una prueba de que en un mismo carácter pueden encontrarse reunidas cualidades aparentemente opuestas: la violencia y la lentitud; la fría gravedad y el genio irascible. Esta mezcla se advierte con absoluta claridad en dos de los principales afectos de su alma: la devoción y el heroísmo. Bajo apariencias igualmente tranquilas, llega éste hasta el furor y aquélla se hace fanática.