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Pero este orgullo, que sería noble si fuese más moderado; esta gravedad, que siempre infunde respeto, aunque a menudo repele, están están compensados por condiciones muy estimables, o, mejor dicho, estas condiciones se derivan precisamente de ese orgullo y hasta cierto punto el genio de una lengua esencialmente difusa, que acaricia el oído con una retahíla de palabras sonoras, cuya abundancia llega a parecer a veces abundancia de ideas. El orgulloso suele ser preciso y desdeñar los detalles; gusta de las expresiones enigmáticas por su concisión, que hacen pensar en su significado y tener que esforzarse a veces en desentrañarlo. cuando su espíritu permanece tranquilo. Podría citar cien ejemplos, pero me limitaré a referir dos casos.

He de hablar con un español de clase humilde. Lo encuentro en su hogar, donde acaricia, silencioso, a un niño. Le pregunto: «¿Sois su padre?». Un francés me hubiese respondido alegremente: «Sí, señor; así lo creo al menos», y me hubiese dicho acerca de tan sencillo asunto mucho más de lo que yo pretendiera saber. El castellano, sin moverse y sin acoger mi pregunta con una sonrisa, me responde con sequedad: «En mi casa ha nacido», y habla de otra cosa.

Otro ejemplo de laconismo. Un viajero francés encuentra al entrar en Castilla a un pastor con su rebaño de corderos. Impulsado por la curiosidad de conocer todas las circunstancias que dan a la lana sus valiosas cualidades, abruma con sus preguntas al pastor. Inquiere si su rebaño es de la comarca y qué alimento se le da, de dónde viene, a dónde lo lleva; cuándo emprende su traslado; cuándo regresa. El pastor, después de oír tanta pregunta con indiferencia, responde: «Aquí nacen, aquí pacen, aquí mueren»». Y prosigue su camino.

Esta gravedad española, que se ha hecho proverbial, sin embargo, no es tan exagerada como se supone. Claro que no es común en el trato de los españoles la afabilidad ni el agasajo. No salen al encuentro: aguardan. Pero la hosquedad aparente oculta muy a menudo un espíritu bondadoso y atento que se muestra en cuanto se ahonda un poco. Reacios a la vana expresividad de la cortesía francesa, los españoles no prodigan las demostraciones de afecto. Su sonrisa responde raramente al disimulo, y cuando sus facciones se os muestran acogedoras es que el corazón lo siente así. ¡Cuántas veces juzgué hostilidad al ceño adusto de un español y, al vencer luego mi suspicacia, me fue muy agradable no en superficiales ofrecimientos: en actos! Quizá carecen los españoles de esa urbanidad que sólo una educación refinada puede dar, pero que sirve muy a menudo de tapadera a la falsedad y al desdén. Pero la suplen con una franqueza sin amaneramiento; con una campechanía bonachona que revela y engendra la confianza. Sus aristócratas carecen de esa altivez que se muestra reservada por temor a que sin agasajo recibido amablemente autorice la familiaridad. No mantienen de manera ofensiva la diferencia de clases, ni desdeñan relacionarse con los que se hallan muy por bajo de la suya. Ya no existen aquellos duques de Alba, don Luis de Haro, Peñarandas, cuyo carácter altivo ante las miradas de toda Europa contribuyó sin duda a propagar la opinión que aún se tiene de la elevada nobleza española. Si algunos de sus descendientes han conservado un
gesto duro, es más bien por frialdad o timidez que por altanería.